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Óscar Pérez Sayago, secretario general de la Confederación Interamericana de Educación Católica (CIEC)

Chile

/ 21 agosto 2018

La Escuela Católica apareció en la frontera de la deshumanización y por eso se propuso hacer accesible la escuela a los niños y jóvenes; esto, constituyó en los orígenes, una forma de democratizar el conocimiento y de crear las bases para una mayor movilidad social en una sociedad férreamente anclada en los estratos sociales basados en la cuna y la fortuna.

Como bien señala Pedro Chico en su significativa obra sobre Fundadores[1], la educación cristiana ha pasado por tres estadios fundamentales en la historia: Suplencia, Competencia y Presencia. En sus inicios, la escuela católica suplió al estado y proveyó en buena parte la educación ante la imposibilidad del Estado de hacerlo. No está además decir, que, en variadas circunstancias, aún en algunos lugares de América sigue habiendo procesos supletorios. Una vez empezó a universalizarse la escuela tanto primaria como secundaria, la educación cristiana vivió procesos de reacomodación y compitió con el Estado en la oferta educativa y en la cobertura. El siglo XX fue para América la época en que la escuela católica competía y ganaba la competencia sobre la oferta pública. Hoy los estados, en su mayoría, han mejorado la oferta en su calidad y en su cobertura; así que vienen los tiempos de la “presencia” en el mundo educativo. Resulta obvio que podemos sentirnos satisfechos porque la educación es cada vez más un tema de importancia y de acción en nuestros países, que más sectores se comprometen y que va constituyéndose poco a poco en un tema central en la agenda política, de los gremios, del sector productivo. Los espacios para suplir se han achicado, las décadas del competir van terminando, y vienen los felices tiempos de una nueva presencia. En consecuencia, la presencia de la Escuela Católica en América debe hacer accesible la educación, promover los valores de la solidaridad, la justicia, y la dignidad, construir personas y formar ciudadanos, luchar por la equidad y las oportunidades para todos.

Es, pues, impostergable las reflexiones y decisiones sobre cómo haremos presencia en estos nuevos contextos y realidades del Continente. 

Las últimas décadas han sido pródigas en desarrollos educativos. Los avances de la psicología cognitiva, las ciencias computacionales, las tecnologías de la información, la neurociencia, los avances de la genética, la reflexión filosófica, y las perspectivas críticas de los sistemas sociales, entre otros, han impactado como nunca antes la educación y, por consiguiente, las pedagogías, las metodologías y las didácticas. Nuevos paradigmas educativos han emergido y, sin duda, inspiran y desafían, consciente o inconscientemente, explícita o implícitamente, los procesos educativos que se adelantan en la Escuela Católica, así como las políticas educativas que se proponen por parte de los gobiernos.

La pedagogía liberadora ha sido, quizás, el paradigma que más experiencias educativas suscitó en la Escuela Católica y que permitió reflexiones, posiciones y diálogos interesantes. Las turbulentas décadas de los 60 y 70 permitieron la creación de proyectos educativos alternativos y de posicionamientos pedagógicos críticos y aún sigue mostrando su fortaleza en experiencias novedosas de educación popular. No obstante, el abanico hoy es mayor y se presenta muy propicio para fértiles diálogos entre una tradición educativa con tendencias teóricas que permean los proyectos educativos actuales.  El paradigma histórico-cultural, la perspectiva cognoscitiva, la pedagogía crítica en sus diferentes vertientes, las inteligencias múltiples, el constructivismo, entre otras, con frecuencia hacen parte del vocabulario y de la inspiración de los proyectos educativos de la Escuela Católica.

Este diálogo, tan urgente como necesario, pasa por una posición siempre crítica que explora la potencialidad de los paradigmas con las condiciones reales en las que se plantean las propuestas. Si lo nuestro es hacer accesible la educación, promover los valores de la solidaridad, la justicia, y la dignidad, construir personas y formar ciudadanos, luchar por la equidad y las oportunidades para todos, entonces estos diálogos con las pedagogías contemporáneas son condición indispensable para remozar nuestras propuestas y plantear los proyectos contextualizados y que respondan a los más sentidos anhelos de los estudiantes, niños, jóvenes o adultos, como de las sociedades y grupos humanos donde llevamos nuestra propuesta. La oferta de la Escuela Católica no solo debe ser consistente teóricamente y coherente metodológicamente sino explícita en sus medios y en sus fines. La educación integral que tanto pregonan nuestros proyectos debe ser diáfana en sus objetivos, clara en sus definiciones, en sus fundamentos epistemológicos, en sus metodologías y coherente en las mediaciones pedagógicas. 

De igual manera, es imposible negar la importancia, las posibilidades, el potencial educativo de las nuevas tecnologías y lo impensable que resulta en el presente vivir sin ellas.

Si bien es cierto que las nuevas tecnologías tienen todas las potencialidades para impactar la educación y mejorar los procesos de aprendizaje, aún es dudoso el real impacto que todo esto ha tenido. Mayor información no significa más ni mejor conocimiento.  En parte, la diferencia en las destrezas para su manejo entre las generaciones jóvenes y las de sus maestros, o la poca comprensión o creatividad a la hora de proponer los procesos de enseñanza-aprendizaje, relativizan su efectividad. Claro que la educación ha recibido impactos muy fuertes: la memorización de datos o la repetición de lecciones han cambiado profundamente el papel del profesor que ya no es más la fuente de información; sin embargo, tampoco aparece con fuerza consistente el maestro que es capaz de crear las condiciones para encontrar el sentido, formar el criterio y, en medio de la infinitud de conocimientos, propiciar la aprehensión de valores fundamentales que permiten capitalizar con éxito las nuevas tecnologías. Creo que estamos frente a la urgencia inaplazable de formar para la contemplación y para la profundidad: estos dos valores son imprescindibles para dar el paso de los datos a la información y de la información al conocimiento, es decir, del mucho conocer a la sabiduría. En pocas palabras, formar el criterio, la capacidad de análisis, la posibilidad del pensamiento crítico, de la duda metódica, de tomarse el tiempo para ingerir información digerirla en la contemplación y la reflexión, y usarla para comprender el mundo y sus relaciones, y poder comunicarse con los otros con un pensamiento propio, reposado, y argumentado. Educar para la paciencia, educar para la rumia mental, educar despacio, cocer a fuego lento; como invita Joan Domenech Francesch (2009) en el “Elogio de la educación lenta”.

En este espacio de presencia se vislumbran tiempos para la creatividad y la esperanza, tiempos en que la fuerza, coherencia y consistencia de nuestra propuesta que, a manera de signo nuevo, aportará aire fresco y sentido a la niñez y juventud de América. Es el momento para ser significativos en nuevos escenarios, con nuevos desafíos, para las nuevas generaciones.

OSCAR A. PÉRE SAYAGO
Secretario General CIEC

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